Esta es la historia ficticia de una fábrica de tornillos, pero no de una cualquiera. Dorloju S.L. fabricaba tornillos de precisión, de mucha precisión, muy especiales, y se enteraron de ello en el lejano Oriente. Los comerciales de esta empresa vieron el cielo cuando los orientales les firmaron un contrato por el que encargaban una suma millonaria de tornillitos, pagaban un tercio del montante total y los beneficios calculados de la transacción para los vascos eran del 80% de lo invertido. Hubo algunas voces que proclamaron sus dudas sobre el riesgo que suponía hacer tratos con desconocidos de ojos rasgados, pero que pagasen una parte por adelantado generaba confianza suficiente así que los dirigentes de la compañía dieron el visto bueno y Dorloju S.L. se puso a trabajar duro. Con las ganancias de años anteriores de bonanza económica más lo aportado por los orientales en líquido, compraron el caro material con el que elaborar sus pequeñas obras de artesanía y durante tres meses, a tres turnos, la fábrica funcionó día y noche para acabar cuanto antes con la labor. Fijos y eventuales cobraron sus sueldos y el pueblo de la tornillería tuvo muchos beneficios en sus lugares de ocio. Lo normal.
Pero la crisis azota a todo el planeta y pasó lo que tenía que pasar. Una vez embarcados los tornillos, una vez transcurridos más de 90 días desde la recepción del envío en aquellas lejanas tierras, no se tenía ni una noticia de la transferencia económica del monto restante. Mil llamadas, cientos de mails y nada de nada, a la empresa de la otra punta del mundo se la había tragado la tierra, literalmente. Más adelante supieron que su pedido llegó y salió el mismo día para otro sitio donde resultó revendido con pingües ganancias de los invisibles dueños. La gente de Dorloju S.L. movió cielo y tierra, intentó cobrar como fuera y ni todo un ejército de leguleyos consiguió ni un dolar de lo debido. Reunidos los administradores y la plantilla tuvieron que tomar serias medidas de reducción de puestos de trabajo y se quedaron con una producción de supervivencia esperando tiempos mejores. Lo que se perdió perdido quedaba y había que mirar adelante.
Esta factoría se endeudó para poder hacer ese trabajo y pagar nóminas pero nadie le solucionó la papeleta. No tenían a quién pedir ayuda porque no eran un banco, nadie les fue a auxiliar y todo el mundo entendió que habían jugado, se habían arriesgado y habían perdido. La producción cayó y con el pasó de los meses tuvieron que cerrar. Ya nadie gastaba en el pueblo con lo que hubo una cascada de cierres. Ningún político, ninguna institución salió en defensa de la compañía, sólo les comentaron que habían producido por encima de sus posibilidades, que se habían arriesgado y que el cierre era lo normal. Mientras, el banco del pueblo había contado con todos los rescates, parabienes y prebendas, y allí seguía, tan campante, después de haber dado hipotecas y créditos a todo tipo de personas y entidades que iban a tener muy difícil, por no decir imposible, devolver semejantes cantidades de dinero.
Así sigue girando el planeta y volvemos a siglos pasados donde vuelven a mandar los que tienen el dinero. Esto de la democracia era un espejismo, dispérsense. Aquí no hay nada que ver.
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